Soy hija del milenio.
No sé lo que es expresarme sin una red social o compartiendo algo en un blog.
Tenía 17 años cuando empecé a publicar lo que se me pasaba por la mente en internet. Crecí viendo la vida de otros, nutriendo relaciones parasociales.
Dieciseis años después me desayuno que esos modos de leer el mundo, literalmente, ya no se llevan. Que de vuelta a nadie le interesa o le da ganas de compartir lo que le pasa realmente. Entre el engaño de la productividad, la monetización, la verguenza ajena de mostrarse y mi nueva condición de señora anticuada que da cringe a los adolescentes actuales, me siento anónima nuevamente, como aquella vez que escribía las entradas crípticas, en un blog similar a éste.
Voy a aprovechar la bocanada de aire que me da este manotazo de ahogado, porque sino las palabras se me acumulan en el esófago y me terminan nublando la mente.
Necesito volcar ciertas ideas en algún lugar. Y como buena hija del milenio, lo voy a hacer en plena vista, pero de espaldas.
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